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La Diosa de la Fortuna (1 Parte)

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la diosa de la fortuna,1, Luis Roberto Cordova

Si un hombre tiene suerte, es imposible predecir el tamaño de su riqueza. Si lo lanzan al Éufrates, saldrá con una perla en la manoTodos las personas desean tener suerte, y ese deseo existía tanto en el corazón de los individuos dehace cuatro mil años como en los de nuestros días. Todos esperamos la gracia de

la caprichosa diosade la fortuna. ¿Existe alguna manera de poder obtener no sólo su atención, sino también su generosidad?

¿Hay Algún Modo de Atraer la Suerte?

Esto es precisamente lo que los habitantes de la antigua Babilonia querían saber y lo que decidieron descubrir. Eran clarividentes y grandes pensadores. Esto explica que su ciudad se convirtiera en la más rica y poderosa de su tiempo.

En aquella lejana época no existían las escuelas. Sin embargo, sí que había un centro de aprendizaje muy práctico. Entre los edificios rodeados de torres de Babilonia; este centro tenía tanta importancia como el palacio los jardines colgantes y los templos de los dioses. Ustedes constatarán que en los libros de historia este lugar aparece muy poco, probablemente nada, a pesar de que ejerciera una gran influencia en el pensamiento de aquel entonces.

Este edificio era el Templo del Conocimiento. En él, profesores voluntarios explicaban la sabiduría del pasado y se discutían asuntos de interés popular en asamblea abierta. En su interior, todos los hombres eran iguales. El esclavo más insignificante podía rebatir impunemente las opiniones del príncipe del palacio real.

Uno de los hombres que frecuentaban el Templo del Conocimiento era Arkad, hombre sabio y opulento del que se decía que era el más rico de Babilonia. Existía una sala especial en la que se reunían, casi todas las tardes, un gran número de hombres, unos viejos y otros jóvenes, pero la mayoría de edad madura, y discutían sobre temas interesantes. Podríamos escuchar lo que decían para verificar si sabían cómo atraer la suerte.

El sol acababa de ponerse, semejante a una gran bola de fuego brillante a través de la bruma del desierto polvoriento, cuando Arkad se dirigió hacia su estrado habitual. Unos cuarenta hombres esperaban su llegada, tumbados en pequeñas alfombras colocadas sobre el suelo. Ojos llegaban en ese momento.

-¿De qué vamos a hablar esta tarde? preguntó Arkad. Tras una breve indecisión, un hombre altor, un tejedor, se levantó, como era costumbre, y le dirigió La palabra.

Me gustaría escuchar algunas opiniones sobre un asunto; sin embargo, no sé si formularlo porque temo que os pueda parecer ridículo, y a vosotros también, mis queridos amigos  apremiado por Arkad y los demás, continuó.

Hoy he tenido suerte, ya que he encontrado una bolsa que contenía unas monedas de oro. Me gustaría mucho seguir teniendo suerte y como creo que todos los hombres comparten conmigo este deseo, sugiero que hablemos ahora sobre cómo atraer la suerte para que, de ese modo, podamos descubrir las formas que podemos ,emplear para seducirla.

Un tema realmente interesante –comentó Arkad-. Un tema muy válido. Para algunos, la suerte sólo llega por casualidad, como un accidente, y puede caer sobre alguien por azar. Otros creen que la creadora de la buena suerte es la benévola diosa Ishtar, siempre deseosa de recompensar a sus elegidos por medio de generosos presentes. ¿Qué decís vosotros, amigos? ¿Debemos intentar descubrir los medios de atraer la suerte y que seamos nosotros los afortunados? ¡Sí, sí! Y todas las veces que sea necesario –dijeron los oyentes impacientes, que cada vez eran más numerosos.

Para empezar prosiguió Arkad-, escuchemos a todos los que se encuentren aquí que hayan tenido experiencias parecidas a la del tejedor, que hayan encontrado o recibido, sin esfuerzo por su parte, valiosos tesoros o joyas.

Durante un momento de silencio, todos se miraron, esperando que alguien respondiera, pero nadie lo hizo.

¡Qué! ¿Nadie? -dijo Arkad-. Entonces debe de ser realmente raro tener esa suerte. ¿Quién quiere hacer ruta sugerencia sobre cómo continuar con nuestra investigación?

Yo contestó un hombre joven y bien vestido mientras se levantaba-. Cuando un hombre habla de suelte, ¿no es normal que piense en las salas de juego? ¿No es precisamente en esos lugares donde encontramos a hombres que pretenden los favores de la diosa y esperan que los bendiga para recibir grandes sumas de dinero?

No pares gritó alguien al ver que el joven volvía a sentarse-. Sigue con tu historia. Dinos si la diosa te ha ayudado en las salas de juego. ¿Ha hecho que en los dados aparezca el rojo para que llenes tu bolsa, o ha permitido que salga la cara azul para que el crupier recoja tus monedas que tanto te ha costado ganar?

No me importa admitir que ella no pareció darse cuenta de que yo estaba allí -contestó el joven sumándose a las risas de los demás-. ¿Y vos? ¿La encontrasteis esperando para hacer que los dados rodasen a vuestro favor? Estamos deseosos de escuchar y de aprender.

Un buen principio interrumpió Arkad. Estamos aquí para examinar todos los aspectos de cada cuestión. Ignorar las salas de juego sería como olvidar un instinto común en casi todos los hombres: la tentación de arriesgar una pequeña cantidad de dinero esperando conseguir mucho.

Eso me recuerda las carreras de caballos de ayer -gritó uno de los asistentes-. Si la diosa frecuenta las salas de juego, seguramente no dejará de lado las carreras, con esos carros dorados y caballos espumadores.

Es un gran espectáculo. Decidnos sinceramente, Arkad, ¿ayer la diosa no os murmuró que apostarais a los caballos grises de Nínive? Yo estaba justo detrás te vos, y no daba crédito a mis oídos cuando os escuché apostar a los grises. Sabéis tan bien como nosotros que no existe ningún tronco en toda Asiría capaz de llegar antes a la meta que nuestras queridas yeguas en una carrera honesta.

¿Acaso la diosa os dijo al oído que apostarais a los grises porque en la última curva el caballo negro del interior tropezaría y, de ese modo, molestaría a nuestras yeguas y provocaría que los grises ganaran la carrera y consiguieran una victoria que no habían merecido?  Arkad sonrió con indulgencia.

¿Por qué pensamos que la diosa de la fortuna se interesaría por la apuesta de cualquiera en una carrera de caballos? Yo la veo como una diosa de amor y de dignidad a la que le gusta ayudar a los necesitados y recompensar a los que lo merecen. No la busco en las salas de juego ni en las carreras donde se pierde más oro del que se gana, sino en otros lugares donde las acciones de los hombres son más valerosas y merecen recibir una recompensa.

Al cultivador, al honrado comerciante, a los hombres de cualquier ocupación se les presentan ocasiones para sacar provecho tras el esfuerzo y las transacciones realizadas. Quizás el hombre no siempre reciba una recompensa, porque su juicio no sea el más adecuado o porque el tiempo y el viento a veces hacen fracasar los esfuerzos. Pero si es persistente, normalmente puede esperar realizar un beneficio, pues tendrá mayores posibilidades de que el beneficio vaya hacia él.

Pero si un hombre arriesga en el juego continuó Arkad ocurre exactamente al revés, porque las posibilidades de ganar siempre favorecen al propietario del lugar. El juego está hecho para que el propietario que explota el negocio consiga beneficios.

Es su comercio y prevé realizar grandes beneficios de las monedas que tuestan los jugadores. Pocos jugadores son conscientes de que sus posibilidades son inciertas, mientras que los beneficios del propietario están garantizados.

Examinemos, por ejemplo, las apuestas a los dados. Cuando se lanzan, siempre apostamos sobre la caza que quedará a la vista. Si es la roja, el jefe de mesa nos paga c uatro veces lo que hemos apostado, pero si aparece una de las otras cinco caras, perdemos nuestra apuesta.

Por lo tanto, los cálculos demuestran que por cada dado lanzado, tenemos cinco posibilidades de perder, pero, como el rojo paga cuatro por uno, tenemos cuatro posibilidades de ganar.

En una noche, el jefe de mesa puede esperar guardar una moneda de cada cinco apostadas. ¿Se puede esperar ganar de otra forma que no sea ocasional cuando las posibilidades están organizadas para que el jugador pierda la quinta parte de lo que juega?

Pero a veces hay hombres que ganan grandes sumas -dijo de forma espontánea uno de los asistentes.

Es cierto, eso ocurre -continuó Arkad-. Me doy cuenta de ello, y me pregunto si el dinero que se gana de este modo aporta beneficios permanentes a los que la fortuna les sonríe de esta manera.

Conozco a muchos hombres de Babilonia que han triunfado en los negocios, pero soy incapaz de nombrar a uno sólo que haya triunfado recurriendo a esa fuente.

Vosotros que esta tarde estáis reunidos aquí conocéis a muchos ciudadanos ricos. Sería interesante saber cuántos han conseguido su fortuna en las salas de juego. ¿Qué os-parece si cada uno dice lo que sabe?  Se hizo un largo silencio.

¿Se incluye a los dueños de las casas de juego? -aventuró uno de los presentes.

Si no podéis pensar en nadie más -respondió Arkad-, si no se os ocurre ningún nombre, ¿por qué no habláis de vosotros mismos? ¿Hay alguno entre vosotros que gane regularmente en las apuestas y dude en aconsejar esta fuente de beneficios?

Entre las risas, se oyó que en la parte de atrás unos refunfuñaban. Parece que nosotros no buscamos la suerte en estos lugares cuando la diosa los frecuenta continuó.

Entonces exploremos otros lugares. Tampoco hemos encontrada sacos de monedas perdidos ni

hemos visto la diosa en las salas de juego. En cuanto a las carreras, debo confesaros que he perdido mucho más dinero del que he ganado.

Ahora, analicemos detalladamente nuestras profesiones y nuestros negocios. ¿Acaso no es normal que cuando hacemos un buen negocio, no lo consideramos como algo fortuito, sino como la justa recompensa a nuestros esfuerzos? A veces pienso que ignoramos los presentes de la diosa. Quizá nos ayuda cuando no apreciamos su generosidad. ¿Quién puede hablar del tema?

Dicho esto, un comerciante entrado en años se levantó alisando sus blancas vestimentas.

Con vuestro permiso, honorable Arkad y mis queridos amigos, quiero haceros una sugerencia. Si, como habéis dicho, nosotros atribuimos nuestros éxitos profesionales a nuestra habilidad, a nuestra propia aplicación, ¿por qué no considerar los éxitos que casi hemos tenido, pero que se nos han escapado, como eventos que habrían sido muy provechosos? Habrían sido raros ejemplos de fortuna si se hubieran realizado. No podemos considerarlos como recompensas justas, porque no se han cumplido. Probablemente aquí hay hombres que pueden contar este tipo de experiencias.

Esta es una reflexión sabia comentó Arkad. ¿Quién de entre vosotros ha tenido la fortuna al alcanc e de la mano y la ha visto esfumarse de inmediato? Se alzaron varias manos; entre ellas, la del comerciante. Arkad le hizo un ademán para que hablara.

Ya que has sido tú el que has sugerido esta discusión, nos gustaría escucharte a ti en primer lugar.

Con gusto os contaré un hecho que he vivido y que servirá de ilustración para demostrar hasta qué punto la suerte puede acercarse a un hombre y cómo éste puede dejar que se le escape de las manos a pesar suyo.

Hace varios años, cuando era joven, recién casado y empezaba a ganarme bien la vida, mi padre vino a verme y me indicó que tenía que hacer una inversión urgentemente. El hijo de uno de sus buenos amigos había descubierto una zona de tierra árida no lejos de las murallas de nuestra ciudad. Estaba situada sobre el canal donde el agua no llegaba.

El hijo del amigo de mi padre ideó un plan para comprar esta tierra y construir en ella tres grandes ruedas que, accionadas por unos bueyes, consiguieran traer agua y dar vida al suelo infértil. Una vez realizado esto, planificó dividir la tierra y vender las partes a los ciudadanos para hacer jardines.

El hijo del amigo de mi padre no poseía suficiente oro para llevar a cabo tal empresa. Era un hombre joven que ganaba un buen sueldo, como yo. Su padre, como el mío, era un hombre que dirigía una gran familia y con pocos medios. Por eso, decidió que un grupo de hombres se interesarán por su empresa.

El grupo debía estar formado por doce personas con buenas ganancias y que decidieran invertir la décima parte de sus beneficios en el negocio hasta que la tierra estuviera lista para su venta. Entonces, todos compartirían de forma equitativa los beneficios según la inversión que hubieran realizado.

Cita:

Elimina la palabra “quiero” del lenguaje y el estado de querer en tu pensamiento y sentimiento. Reemplázala con desear y deseando, “gustar” y gustando. El querer crea las  condiciones de perpetuo querer. Nunca consigues lo que quieres.

 

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