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La Diosa de la Fortuna (2 Parte)

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La Diosa de La Fortuna,2, Luis Roberto Cordova

Hijo mío me dijo mi padre  , ahora eres un hombre joven. Deseo profundamente que empieces a hacer adquisiciones que te permitan un cierto bienestar y el respeto de los demás. Deseo que puedas sacar provecho de mis errores pasados.-Eso me gustaría mucho, padre contesté. Entonces te aconsejo lo siguiente:

haz lo que yo hubiera tenido que hacer a tu edad. Guarda la décima parte de tus beneficios para hacer inversiones. Con la décima parte de tus beneficios y lo que te proporcionarán, podrás, antes de tener mi edad, acumular una gran suma.

-Padre, usted habla con sabiduría. Deseo fervientemente poseer riquezas, pero gasto mis ganancias

en muchas cosas y no sé si hacer lo que me aconseja. Soy joven. Me queda mucho tiempo.

-Yo pensaba del mismo modo a tu edad, pero ahora han pasado varios años y todavía no he empezado a acumular bienes.

-Vivimos en una época diferente, padre. No cometeré los mismos errores que usted.

-Se te presenta una oportunidad única, hijo mío. Es una oportunidad que puede hacerte rico. Te lo suplico, no tardes. Ve a ver mañana al hijo de mi amigo y cierra con él el trato de invertir en ese negocio el diez por ciento de lo que ganas. Ve sin dilación antes de que pierdas esta oportunidad que hoy tienes a tu alcance y pronto desaparecerá. No esperes.

A pesar de la opinión de mi padre, dudé. Los mercaderes del Este acababan de traer ropa de tal riqueza y belleza que mi mujer y yo ya habíamos decidido que compraríamos al menos una pieza para cada uno. Si hubiera aceptado invertir la décima parte de mis ganancias en esa empresa,

hubiéramos tenido que privarnos de esas vestimentas y de otros placeres que deseábamos. No quise pronunciarme hasta que fuera demasiado tarde; fue una mala idea. La empresa resultó más fructífera de lo que se hubiera podido predecir. Esta es mi historia y muestra cómo permití que la fortuna se me escapara.

-En esta historia vemos que la suerte espera y llega al hombre que aprovecha la oportunidad comentó un hombre del desierto de tez morena-. Siempre tiene que haber un primer momento en el que se adquieren bienes. Puede ser unas monedas de oro o de plata que un hombre consigue de sus ganancias por su primera inversión.

Yo mismo poseo varios rebaños. Empecé a adquirir animales cuando era un niño, cambiando un joven ternero por una moneda de plata. Este gesto, que simbolizaba el principio de mi riqueza, adquirió gran importancia para mí. Toda la suerte que un hombre necesita debe confluir en la primera adquisición de bienes.

Para todos los hombres, este primer paso es el más importante, porque hace que los individuos que ganan su dinero a partir de su propia labor pasen a ser hombres que consiguen dividendos de su oro. Por suerte, algunos hombres aprovechan la ocasión cuando son jóvenes y, de ese modo, tienen más éxito financiero que los que aprovechan la oportunidad más tarde o que los hombres desafortunados, como el padre de este comerciante, que no la consiguen nunca.

Si nuestro amigo comerciante hubiera dado este primer paso de joven, cuando se le presentó la ocasión, ahora poseería grandes riquezas. Si la suerte de nuestro amigo tejedor le hubiera determinado a dar ese paso por aquel entonces, probablemente ese hubiera sido el primer paso de una suerte mayor.

-A mí también me gustaría hablar -dijo un extranjero levantándose-. Soy sirio. No hablo muy bien vuestro idioma. Me gustaría calificar de algún modo a este amigo, el comerciante. Quizá penséis que no soy educado, ya que deseo llamarlo de ese modo.

Pero, desgraciadamente, no conozco cómo se dice en vuestro idioma y si lo digo en sirio, no me entenderéis. Entonces, decidme, por favor, ¿cómo calificáis a un hombre que tarda en cumplir las cosas que le convienen? -Contemporizador -gritó uno de los asistentes.

Eso es -afirmó el sirio, mientras agitaba las manos visiblemente excitado-. No acepta la ocasión cuando se presenta. Espera. Dice que está muy ocupado. Hasta la próxima, ya te volveré a ver.

La ocasión no espera a la gente tan lenta, ya que piensa que si un hombre desea tener suerte,

reaccionará con rapidez. Los hombres fue no reaccionan con celeridad cuando se presenta la ocasión son grandes contemporizadores, como nuestro migo comerciante.

El comerciante se levantó y saludó con naturalidad como contestación a las risas.

-Te admiro, extranjero. Entras en nuestro centro y no dudas en decir la verdad. Y ahora escuchemos otra historia. ¿Quién tiene otra experiencia que contar? -preguntó Arkad.

-Yo tengo una contestó un hombre de mediana edad, vestido con una túnica roja-. Soy comprador de animales, sobre todo de camellos y caballos. Algunas veces, compro también ovejas y cabras.

La historia que voy a contaros muestra cómo la fortuna vino en el momento que menos la esperaba.

Quizá sea por eso que la dejé escapar. Podréis sacar vuestras propias conclusiones cuando os lo cuente.

Al volver a la ciudad una tarde, tras un viaje agotador de diez días en busca de camellos, me molestó mucho encontrar las puertas de la ciudad cerradas al cal y canto. Mientras mis esclavos montaban nuestra tienda para pasar la noche que preveíamos escasa en comida y agua, un viejo granjero que,

como nosotros, se encontraba retenido en el exterior se acercó.

Honorable señor, dijo al dirigirse a mí, parecéis un comprador de ganado. Si es así, me gustaría venderos el excelente rebaño de ovejas que traemos. Por desgracia, mi mujer está muy enferma, tiene fiebre y tengo que volver rápidamente a mi hogar. Si me compráis las ovejas, mis esclavos y yo podremos hacer el viaje de vuelta sobre los camellos sin perder más tiempo.

Estaba tan oscuro que no podía ver su rebaño, pero por los balidos supe que era grande. Estaba contento de hacer un negocio con él, ya que había perdido diez días buscando camellos que no había podido encontrar. Me pidió un precio muy razonable porque estaba ansioso. Acepté, pues sabía que mis esclavos podrían franquear las puertas de la ciudad con el rebaño por la mañana, venderlo, y conseguir buenos beneficios.

Una vez cerrado el trato, llamé a mis esclavos y les ordené que trajeran antorchas para poder ver el rebaño que, según el granjero estaba compuesto de novecientas ovejas. No quiero aburriros describiendo las dificultades que tuvimos para intentar contar a unas ovejas tan sedientas, cansadas y agitadas. La tarea parecía imposible. Entonces, informé al granjero que las contaría a la luz del día y le pagaría en ese momento.

“Por favor, honorable señor, rogó el granjero. Pagadme sólo las dos terceras partes del precio esta noche, para que pueda ponerme en marcha. Dejaré-a, mi esclavo más inteligente e instruido para que os ayude a contar las ovejas por la mañana. Es de fiar, os podrá pagar el saldo.”

Pero yo era testarudo y rechacé efectuar el pago esa noche. A la mañana siguiente, antes de que me despertara, las puertas de la ciudad se abrieron y cuatro compradores de rebaños se lanzaron a la búsqueda de ovejas. Estaban impacientes y aceptaron de buen grado pagar el elevado precio porque la ciudad estaba sitiada y escaseaba la comida.

El viejo granjero recibió casi el triple del precio que a mí me había ofrecido por su ganado. Era una rara oportunidad que dejé escapar.

-Esta es una historia extraordinaria –comentó Arkad-. ¿Qué os sugiere?

-Que hay que pagar inmediatamente cuando estamos convencidos de que nuestro negocio es bueno - sugirió un venerable fabricante de sillas de montar-. Si el negocio es bueno, tenéis que protegeros tanto de vuestra propia debilidad como de cualquier hombre.

Nosotros, mortales, somos cambiantes.

Y, por desgracia, solemos cambiar de idea con mayor facilidad cuando tenemos razón que cuando nos equivocamos, que es sin duda cuando más testarudos nos mostramos. Cuando tenemos razón,

tendemos a vacilar y a dejar que la ocasión se escape. Mi primera idea siempre es la mejor.

Sin embargo, siempre me cuesta forzarme a hacer deprisa y corriendo un negocio una vez que lo he

decidido. Entonces, para protegerme de mi propia debilidad, doy un depósito al instante. Esto me impide que más tarde me arrepienta de haber dejado escapar buenas ocasiones.

-Gracias. Me gustaría volver a hablar -el sirio estaba otra vez de pie-. Estas historias se parecen.

Todas las veces la suerte se va por la misma razón. Todas las veces, trae al contemporizador un plan bueno. En todas las ocasiones, dudan y no dicen: Es una buena ocasión, hay que reaccionar con rapidez. ¿Cómo pueden tener éxito de este modo?

-Tus palabras son sabias, amigo -respondió el comprador-. La suerte se ha alejado del

contemporizador en las dos ocasiones. Pero eso no es nada extraordinario. Todos los hombres tienen la manía de dejar las cosas para más tarde.

Deseamos riquezas, pero ¿cuántas veces, cuando se presenta la ocasión, esa manía de contemporizar nos incita a retrasar nuestra decisión? Al ceder a esa manía, nos convertimos en nuestro peor enemigo.

Cuando era más joven, no conocía esa palabra que tanto le gusta a nuestro amigo de Siria.

Al principio, pensaba que se perdían negocios ventajosos por falta de juicio. Más tarde, creí que era una cuestión de cabezonería. Finalmente, he reconocido de qué se trata: una costumbre de retrasar inútilmente la rápida decisión, una acción necesaria y decisiva.

Realmente detesté esta costumbre cuando descubrí su verdadero carácter. Con la amargura de un asno salvaje atado a un carro, he cortado las ataduras de esta costumbre y he trabajado para tener éxito.

-Gracias. Me gustaría hacer una pregunta al comerciante erijo el sirio-. Su vestimenta no es la de un pobre. Habla como un hombre que tiene éxito. Decidnos, ¿sucumbís ante la manía de contemporizar?

-Al igual que nuestro amigo comprador, yo también he reconocido y conquistado la costumbre de contemporizar -respondió el comerciante-. Para mí, ha resultado un enemigo temible, al acecho y que esperaba el momento propicio para contrariar mis realizaciones. La historia que he narrado es tan sólo uno de los abundantes ejemplos que podría contar para mostraros-cómo he desaprovechado buenas ocasiones.

El enemigo se puede controlar fácilmente una vez se le reconoce. Ningún hombre permite de forma voluntaria que un ladrón le robe sus reservas de grano. Como tampoco ningún hombre permite de buen grado que un enemigo le robe la clientela para su propio beneficio.

Cuando un día comprendí que la contemporización era mi peor enemigo, la vencí con determinación. De este modo, todos los hombres deben dominar su tendencia a c ontemporizar antes de poder pensar en

compartir los ricos tesoros de Babilonia.

¿Qué opina usted, Arkad? Usted es el hombre más rico de Babilonia y muchos sostienen que también es el mis afortunado. ¿Está de acuerdo conmigo en que ningún hombre puede conseguir un éxito completo mientras no haya liquidado por completo su manía de contemporizar?

Eso es cierto -admitió Arkad-. Durante mi larga vida, he conocido a hombres que han recorrido las largas avenidas de la ciencia y de los conocimientos que llevan el éxito en la vida. A todos se les han presentado buenas ocasiones. Algunos las aprovecharon de inmediato y pudieron, de este modo,

satisfacer sus más profundos deseas; pero muchos dudaron y se echaron atrás. Arkad se giró hacia el tejedor.

-Ya que has sido tú el que nos has sugerido un debate sobre la suerte, dinos lo que opinas a ese respecto.

Veo la suerte bajo un nuevo prisma. Creía que era algo deseable que pudiera llegar a cualquier

hombre sin que éste realizara esfuerzo alguno. Ahora, soy consciente de que no se trata de un acontecimiento que uno puede provocar.

He aprendido, gracias a nuestra discusión, que para atraer la suerte, es preciso aprovechar de inmediato las ocasiones que se presentan. Por eso, en el futuro, me esforzaré en sacar el máximo partido posible de las ocasiones que se me presenten.

-Has entendido muy bien las verdades a las que hemos llegado con nuestra discusión -respondió Arkad-. La suerte toma a menudo la forma de una oportunidad, pero pocas veces nos viene de otro modo. Nuestro amigo comerciante habría tenido mucha suerte si hubiera aceptado la ocasión que la diosa le brindaba. Nuestro amigo comprador, también habría podido aprovechar su suerte si hubiera completado la compra del rebaño y lo habría vendido consiguiendo un gran beneficio.

Hemos seguido con esta discusión para descubrir los medios necesarios para que la suerte nos sonría. Creo que vamos bien encaminados. En las dos historias hemos visto cómo la suerte toma la forma de una oportunidad. De todo esto se desprende la verdad, verdad que por muchas historias parecidas que contáramos no cambiaría: la suerte puede sonreíros si aprovecháis las ocasiones que se presentan.

Los que están impacientes por aprovechar las ocasiones que se les presentan para sacarles el máximo provecho posible atraen la atención de la buena diosa. Siempre se apresura en ayudar a los que son de su agrado. Le gustan sobre todo los hombres de acción.

La acción te conducirá hacia el éxito que deseas A los hombres de acción les sonríe la diosa de la fortuna.

Cita:

El trabajo es amor hecho visible. Si no puedes trabajar con amor y sólo con repugnancia, es mejor que dejes tu trabajo y te sientes en la puerta del templo a pedir limosna a quienes trabajan con alegría. Khalil Gibran

 

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